Tokio. Pienso en los tintoreros. Pienso en la cantidad de trajes que plancharon desde que están ahí. Pienso en las maquinas viejas, largando vapor. Pienso en los hijos chicos, haciendo la tarea entre el vapor. Imagino su casa perfectamente ordenada. Su jardín perfecto. Sus bonsai. Su tenacidad, prolijidad. Su sentido del trabajo, de la vida, profundo. Un hondo sentimiento que santifica el presente. En el cual la existencia misma se percibe como un regalo. Como un don. Ese don que el ser humano puede aprovechar o desperdiciar. Ese don o regalo que imagino que estos Japoneses tintoreros tiene.

Pienso en Hiroshima. En ese instante donde la ciudad entera se carbonizó. Pienso en todos los millones que ardieron vivos en décimas de segundos. Pienso en la fortaleza de un pueblo purificado por el fuego nuclear. Pienso en su devoción por el presente y por las cosas bien hechas. Pienso en sus dibujos. En su arte. En su temporalidad.Pienso en manchuria en el Escuadrón 731. Pienso en Akira, ese futuro de violencia social extrema.Pienso en Ghost in the Shell, dónde la frontera entre tecnología y ser humano se vuelve absolutamente confusa, hasta que se borra. Pienso en Evangelion y la reinterpretación del teísmo occidental en clave apocalíptica. Pienso en su metafísica.

Si es que existe. Pienso que piensan su futuro con tecnología. Pienso en Super Mario. Pienso en Zelda. Pienso en Donkey Kong. Pienso en Nintendo. Pienso en Miyasaki. En Chihiro, Totoro y el Castillo Vagabundo. Pienso en Macross ” Do you remember love” y todas las chicas que de las que me enamoré cuando puber.

Pienso en Tokio.

Cada vez que paso por la puerta de la tintorería caminando o pedaleando.