Pobrecita ella. La basura. Asociada casi siempre, a lo que sobra, a lo que no se necesita. A lo que no se quiere más. A lo que ya no sirve más. A lo que perdió valor. Nadie quiere la basura, por eso se tira. Y sin embargo ella, ahí siempre fiel, es la marca distintiva de nosotros, los humanos. A todo lugar donde llega un humano, llega ella acompañándolo, como fiel rastro de la existencia. Así la despreciamos, como se desprecia a todo lo que te acompaña. Siempre. Porque nos molesta.  Y  tiene olor a culo.

La tiramos a los descampados, a los ríos, a los mares, la enterramos y la tiramos al espacio. Nos la queremos sacar de encima y ella, insistente y persistente, siempre vuelve. Se queda con nosotros. Nos rodea. La queremos borrar y es imborrable. La queremos olvidar y siempre se hace presente. Como esa novia que nunca quisiste mucho y sin embargo ahí estaba incondicionalmente, al lado tuyo, como un perrito faldero.

Será que algún día la aprenderemos a querer, a vivir con ella, a devolverle su importancia, dejar de negarla, reconocerla e integrarla. O no. Y entonces, firme ahí nos recordará que toda la tecnología, la economía, la política, la evolución, el progreso y la mar en coche, no son más que modos de producir basura.

Y entonces intentamos destruirla. Desaparecerla. Pero sin darnos cuenta hemos generado otra tanta, que vuelve con más insistencia que antes. Es un boomerang civilizatorio. Es el karma del occidente industrial. Donde el tiempo se mide, acumulando basura. Ella, tan feita, tan horrible. Tan humana. La basura.