once buenos aires argentina

Laburo en once. Todos los días hábiles desde el año 2005. De lunes a viernes. Trabajo a menos de 100 metros de Cromagnon, en la misma manzana. A menos de 50 metros de la terminal de trenes dónde choca el tren Sarmiento y mueren 51 personas. Los dos símbolos de la tragedia de la década 2003-2013. Los 100 metros de la muerte.

Por ahora vengo zafando.

En el primero murieron 194 adolescentes, murieron como ratas. Encerrados. Por el humo asfixiados. Amontonados contra una puerta que nunca abrió. Una pila de cadáveres. Materia humana sin vida. Un santuario horrible, en el lugar, recuerda la tragedia. Recuerda la inmundicia de la muerte de los jóvenes. Y un quiebre. Otro más en la historia de una ciudad que atenta contra la vida de quienes la habitan o transitan. El karma de la autodestrucción.

En el segundo, el desastre ferroviario, 51 muertos. Todos apilados, de nuevo, como si se tratase de materia desechable. Un desarmadero  humano. Atrapados y aplastados en un acordeón de acero retorcido. Un vagón que se estampó, sin frenos, contra un andén. El absurdo. Un tren que choca cuando está estacionando.

Con un amigo tenemos una hipótesis metafísica, que, para hacerle honor a su condición no explica nada pero nos deja tranquilos: Es la mufa del cadáver de Rivadavia, que está descansando en la eternidad, emplazado en el mausoleo en el medio de la plaza Miserere. El epicéntro de la mufa, que exige sacrificios humanos periódicos para no perturbar su descanso eterno. Al estilo del dios fenicio Moloch, del que nos dice wikipedia. Abre:

Como resultado de una catástrofe ocurrida en el despertar de los tiempos, el espíritu de Moloch se había transformado a sí mismo en oscuridad al convertirse en materia. De acuerdo con las creencias fenicias y una vertiente del gnosticismo, el hombre era la encarnación de esa misma tragedia, y para redimirse de ese pecado era necesario ofrecer sacrificios a Moloch“. Cierra. Como Resultado de la catástrofe de la fundación de Argentina, Rivadavia corporizó la tragedia y para redimir ese destino trágico exige sacrificios humanos.

once

En medio de esa hálito mortuorio el hormigueo humano. Un barrio abandonado a su propia suerte, completamente olvidado por el estado nacional o municipal, al margen total la ley y regulación alguna. Acá todo es autogestión. Un barrio que acusa obras arquitectónicas únicas en la ciudad, joyas de otro tiempo, ocultas bajo las capas y capas de comercios y productos de todas variedades, telas, electrodomésticos berretas o juguetes chinos.

Predomina una afluente inmigración: dominicanos, africanos, peruanos, bolivianos, argentinos, conurbanos(?). Es como un bazar persa, pero en el corazón de Buenos Aires y a diez cuadras de recoleta. Casi como el ying y el yang. Un fuerte espíritu ecuménico recorre las calles: Judíos por doquier que habitan al zona y erigieron sus templos comercios y sus sinagogas allí, cristianos línea San Expedito clavandosé religiosamente en la puerta del templo dedicado al santo cada día que se lo recuerda, Iglesia Universal del king of god y cualquier otra confesión religiosa que se pueda pensar, está en balvanera. Balvanera que nadie nombra, porque todos le decimos Once. O el once.

En once está todo. T-O-D-O. En menos de 20 cuadras tenés todo lo que un país necesita para funcionar. Desde juguetes truchos hasta energía nuclear. No hay manera de que algo no esté. Por eso la cantidad de gente que la transita, por eso el volumen comercial inaudito que le da vida de día y lo apaga de noche.

El trabajo de cualquier tipo o tipa con dos dedos de frente, o de algún hijo de puta que gobierne, sería, sencillamente, regular el hormiguero. Hacerle caminitos a las hormigas, para que hagan eso que hacen (que no es ni más ni menos que una zarpada actividad económica) más y mejor, y que el estado, perciba al menos, una porción de esos ingresos. Pero no, por ahora todo lo acomoda la mano invisible del mercado, o la mano de dios. O el comisario.

Porque de once, la-gente-bien, blanca y universitaria (como yo), puede decir muchas cosas, que es sucio, que es feo, que está lleno de inmigrantes, que tiene olor a culo. Lo que no se puede decir es que no se labura. Y ahí si que emerge la identidad única del barrio más argento de la capital federal. Cinco mil comercios por cuadra: restoranes, puesto callejeros, colectivos, taxis, subtes, sedes de sindicatos, bancos, oficinas. ¿Que más? Confiterías, restoranes, casas de comida rápida, parrillas, librerías, mayoristas de cualquier cosa, minoristas de cualquier otra. Comercio, comercio, comercio y más comercio.

Es la meca del laburo (en forma de comercio). En once, todos trabajamos.

Todos vendemos y compramos algo. Hasta los chorros, los tranzas y  las putas, que son las primeras trabajadoras ¡Che!

Porque Once es la vida misma, comercio y muerte.