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Ayer a la tarde mientras el cielo tiraba al piso una lluvia medio mortuoria que no terminaba de ser, me tomé el 110, en la esquina de san martín y beiró, rumbo a tencópolis, villa marteli, buenos aires, Argentina.

Ni bien me subo al bondi me encuentro con seba, sebita, uno de los pibes con los que andábamos en skate por el barrio, hace algunos años. Me cuenta que se va a lo de la abuela, que cumpleaños. Sanguchitos de miga, familia, todo eso que hacemos los descendientes de tanos que vivimos por acá.

El 110 se sumerge por las venas de villa pueyrredón. Calle Artigas. El tono gris lo cubre todo. Llega a general paz y constituyentes. Bajo, cruzo el puente y camino por ahí, por la calle que bordea la colectora y el barrio de los milicos.

Entro a tecnópolis, pregunto dónde es la charla de videojuegos, me indican amablamente y me dan un mapa. Llego tarde obvio, pero no importa. Camino por una tecnópolis casi desierta. Sólo hay algunas personas, y los empleados estatales.

Pienso en qué carajo se va a convertir este predio cuando no esté más Cristina de presidente. ¿Seguirá? ¿lo cerrarán?. Me parece que lo más factible es que el tiempo lo vaya destruyendo, hasta convertirse en algo parecido al parque de la ciudad o la república de los niños.

Monumentos a la falta de mantenimiento. El problema crónico del país, la falta de mantenimiento.

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Llego al lugar de la conveción. Parece que la joda la pagaron miti miti personal y el estado. Osea que lo pagaron todos, entre impuestos y facturas de servicios de teléfonos coreanos. Me chupa un huevo, pienso que en el país que vive de los contratos del estado, que me toque una, no pasa nada. Y si pasa me chupa un huevo. La ética que se la quede la UCR yo vine a ver a Tim Schafer.

Habla el gordo. Porque obvio que es un gordo nerd, como no puede ser de otra manera. Hizo el Full Throtle y el Grim Fandango. Los escribió el. Lo quiero abrazar. Habla de un motón de cosas en inglés, medio que me chupa un huevo. Ya verlo, tenerlo cerca y ver que es de carne y hueso me alcanza. Medio que cuando conozco (de esta manera) a alguien que me marcó la infancia, me decepciona un toque. Porque me lo vuelve humano, visible, con cara. Y está bárbaro. Es así como tiene que ser.

Termina la charla y se sienta a responder preguntas. Todo el mundo se ríe y aplaude cualquier cosa. Las referencias a los juegos clásicos, los chistes. Somos el público más tribunero del mundo. Lejos. Es el problema de todo. El tribunismo berreta.

Termina la charla, bajo por las tarimas de madera me quedo atrás del tipo y espero. En cuanto puedo, en un inglés básico le doy unas revistas, le digo que las hago con unos amigos y que es nuestro ídolo porque jugamos al Full Throtle a los siete años. Me da la mano. Se queda con las revistas y le saco una foto.

Me voy del salón. Me carcome la ansiedad por adentro. No puedo bajar, es como si me hubiese clavado un tiro de gilada. Voy a un puestito de morfi y me bajoneo un paty. Yo también soy un gordito nerd.

Se larga una llovizna pequeña, a lo lejos un brachiosaurio de mentira, iluminado por una luz amarilla resalta en el paisaje, que ya está oscuro porque entró la noche.

Tecnópolis sigue desierto. Pienso en el fin del mundo, el fin de la década ganada, en el fin de todo. En el ocaso de los ídolos.

Que se yo.

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