2013-12-02 19.19.37

Salí del trabajo, algo desprevenido, sin hacer caso a las advertencias del mal clima que, sabiamente profirieron algunos compañeros. ¿Acaso puede creerse en el servicio meteorológico?¿cuándo fue la última vez que acertaron? El escepticismo invadió mi razón y descarté la advertencia. Superstición, pensé para mis adentros.

Grande fue mi sorpresa cuando, desprevenido y en bermuda, en la parada del 71 en plaza miserere, alcé mi vista al cielo, luego de que una gota impactase en el medio de mi frente. Luego de chequear en milésimas de segundo que no era un garzo, sino lluvia, miré hacia arriba y vi como una masa informe de nubes, amenazaban con lanzar su acuífera carga sobre nosotros. El 71 brillaba por su ausencia. El repiqueteo de las gotas se hizo más intenso. Algunos refusilos en el horizonte garantizaban la veracidad de la lluvia. Algunas ráfagas de viento acompañaron la arremetida. El 71 aparece en el horizonte y subo rápido, busco un asiento libre al lado de la ventana para contemplar el espectáculo.

A los pocos metros de empezar el recorrido por la calle Bartolomé Mitre, todo se ennegreció. La tormenta comenzó y las cosas, empezaron a volar. Los rayos y relámpagos se hicieron más intenso y de pronto todo empezó a sentir la inclemencia de las ráfagas de viento. Parecía que el portal que conecta plaza miserere con R’Lyeh se había abierto y su majestad Cthuluh se había escapado, soltando su furia sobre nosotros, insignificantes mortales.

En breves minutos, el temporal amainó y todo volvió a la normalidad. El 71 continúo su camina hasta Chacarita, aunque ya en villa crespo, algunos árboles caídos dificultaban su andar. Para cuando el colectivo agarró corrientes, el sol volvía asomar con toda la potencia correspondiente. Bajé del bondi y caminé hasta el tren, que también sufría demoras. Antes de salir de la estación me compré un sánguche de milanga. Salí por la puerta lateral y mientras caminaba hasta la parada del 78, escuché al canillita hablar con un señora y decir algo del arcoiris.

Me paré a esperar el bondi. Mientras masticaba el sánguche, crucé un momento para tirar la bandeja de cartón en un tacho y ahí lo ví, imponente y guarango al arcoiris, impoluto e inmeso. Le saqué una foto con el teléfono.  Pensé brevemente en el libro del génesis, en el cual dios le dice a noé  que nuca más va a desatar su furia destructora sobre los hombres y que el arcoiris después de cada lluvia será símbolo de ese pacto. Pienso en que o dios se cagó en el pacto o el que escribió el génesis se sarpó en ingenuo.

Vuelvo a la parada del bondi. Se acerca un colorado con remera de Vélez. Tengo la mano ocupada con el sánguche y no puedo tocarme un huevo. Sufro.  Pienso que es teñido, porque la intensidad del rojo en el pelo es mucha. Se acerca. Hacia mi. Pienso: “pugliese, pugliese, pugliese”.

 -¿Che la parada del 78 es acá?- Dice el colorado, que en realidad tiene fuego en el pelo y en el bello facial.

 -Si es acá- La concha de tu madre, vuelvo a pensar.

Termino rápido el sánguche de milanesa. No lo pienso dos veces. Me doy media vuelta y me voy en sentido contrario a la parada del 78. De espaldas al colorado me toco un huevo, lo puteo en voz alta para cortar la mufa e invoco audiblemente, tres veces como exige la fórmula a Pugliese. dios lo tenga en la gloria.

Camino por el costado de Chacarita. Avenida Guzman. Está todo un poco hecho mierda. Árboles caídos, muchas ramas por todos lados. El cementerio cerrado. Nubes enormes en el cielo, pintándose de rojo, intenso, por todos lados. No tengo más batería en el teléfono. No importa, porque puedo contemplar.  Veo pasar un 78, y otro y después otro más. Me chupa un huevo, ya tengo decidido que voy a casa caminando. Disfrutando el paseo como cuando tenía quince años y salía a caminar sin rumbo.

 Todo es más lento cuando una va a pié. No tiene el vértigo ni el apuro del tren, del auto del bondi. Nadie me corre y no tengo que llegar temprano. No me apuro. ¿Apurarme para qué? ¿Para llegar a casa y prender la computadora?¿ Para estar solo?.

Ya pasé el cementerio inglés y ahora estoy en la puerta del cementerio alemán. Pienso que acá descansan los restos del capitán del Graff Spee. Pienso en un cuento rápido para inventar, con fantasmas, grupos secretos. Gilada.

Ya llego caminando a la avenida Garmendia. De un lado el paredón del cementerio, del otro, algunas casas baqueteadas y locales de flores para los muertos. Pienso en los que laburan vendiendo flores a los familiares de los finados. Cuando me quiero acordar ya estoy en Warnes.

En Warnes, se ve el cielo enorme, despejado. Al fondo bien rojo, prendido fuego parece, o iluminado por un volcán. Una cosa hermosa. Camino unas dos cuadras más y sorpresa. Una unidad del 78, detenida, con el motor al aire libre, fuera de funcionamiento. El chofer y un tipo de la empresa tratando de revivirlo.

Pienso en que esta vez la pegué, que el colorado ese era más mufa que T*rmenta. Ahí estaba el bondi parado, sólo quedaba rendirse ante la evidencia.

Seguí caminando, rumbo a Agronomía, todavía me quedaban unas cuadras de Warnes, soblar en Chorroarín, retomar por Avenida San Martín y darle derecho. Todo el trecho por San Martín me van a acompañar los animalitos de la facultad de Agronomía, vacas, caballos, obejas llamas. En fin, lo de siempre.

 Que lindo es hacerle caso al instinto y salir a caminar de vez en cuando.