En la vida aprendemos cosas. Es nuestra principal característica como humanos. Aprender nos ayudó a sobrevivir en un entorno hostil. Eso cambió. Le dimos forma al mundo y ahora aprendemos otras cosas, que también nos ayudan a sobrevivir. Pero de otra manera. Antes teníamos que evitar ser morfados por un tigre dientes de sable y ahora tenemos que evitar morir aplastados por un tren.

Yo de chico aprendí algo que quisiera compartirles. Corría algún año entre el 95-96. Yo tenía 9 o 10 años. En la casa de mi amigo el cabezón, siempre estaban los muñecos más nuevos. El cabezón tenía la capacidad de cuidarlos a todos muy bien y por lo tanto tenía un batallón enorme de comuñes articulados. De todos los juguetes que había por entonces, los muñecos, para mí eran lo mejor.

La mayoría de las figuras de acción (como también se llama a los muñecos) estaban inspirados en series de televisión o películas. Un breve repaso nos hará dar cuenta de esto. Piensen en He-Man, Las tortugas Ninja, Los Thundercats, Los halcones galácticos, etc.

¿Que tenían en común todas esas series?

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Que vendían muñecos a mansalva. Dicen los que saben que esta dinámica de serie + Merchandising nació con Star Wars. Que George Lucas negoció con el estudio que produjo Star Wars para quedarse con los derechos para hacer los muñecos. El estudio accedió pensando que era algo totalmente secundario.

¿Como termina la historia? Bueno como todo lo que implica a George Lucas. Toneladas de Guita. El negocio de los muñecos de Star Wars no fue la excepción. Y como todo éxito, inauguró una tradición. Queda para investigar como ya los nerds fanes de SW en los 70 inventaron un mercado que no existía, el de las figuras de acción. Y como lo siguen haciendo. Pero no es nuestro tema.

Como decía, estaba en lo de mi amigo el cabezón y me encontré con un muñeco, que entre todos los que había, me llamó la atención. Va, me voló la peluca. El muñeco en cuestión era Junkyard, el perro marginal de la serie animada The Toxic Crusaders. The toxic Crusaders fue una serie animada bastante fallida (sólo tuvo 13 episodios) producida por Marvel, pero basada en la película original The Toxic Avenger, un clásico absoluto del cine clase B, dirigida y producida por el mítico Lloyd Kaufman con su ya clásico estudio, Troma. Troma, The Toxic Avenger y Lloyd Kaufman merecen todo otro post aparte. Pero no es el tema del post.

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Como decía, Junkyard me voló la cabeza. El concepto del perro con la lengua afuera, los colores y la calidad realmente muy buena del muñeco me hicieron amarlo al instante. Mi coranzoncito nerd no pudo resistirse. Lo quería. Lo necesitaba.

Así fue como en cada paseo con mi familia, lograba meterme en la juguetería y me sumergía en las góndolas abarrotadas, buscando a mi perrito mutante. No aparecía. Recorrí todas las jugueterías del barrio que conocía, aprovechando las salidas familiares. Pero nada.

Como es común en la vida de los niños, o por lo menos en la mía lo fue, a las dos semanas de pasado el incidente, sin noticias del perro y seguro que con algo nuevo en la mente distrayéndome me olvidé del asunto.

Al tiempo, mi abuela me llevó a pasear. Cosa rara porque casi siempre sacaba de paseo a mi hermana. Me llevó a unos fichines que estaban en la galería Parque Shopping, ahí en cuenca y simbrón, pleno villa del parque. Lugar conocido en el barrio como el shopping viejo. Era una galería estilo la Bond, con tres pisos, pero con locales que eran un pijazo en contra. Años después sería escenario de torneos de Magic. Pero por entonces la única atracción para niños eran unos fichines. Jugué un rato, hasta que de refilón vi que había una juguetería, chica, escondida en un recoveco. Le pedí permiso a mi abuela y fui hasta la juguetería.

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Y casi como si fuese una película, ahí colgando de uno de los ganchos, estaba el perro, junkyard. Nuevito. 0km. Lo vi, lo agarré y pregunté el precio. Era chistosamente barato. Creo que salía algo así como $8 pesos. Igual en ese momento, &8 pesos eran mucha guita. Más para uno que era niño y no tenía acceso directo a la tarasca. En ese momento me dio pudor pedirle a mi abuela que me lo compre. Me parecía fuera de lugar, considerando que me había traído de paseo. Puse al muñeco en su lugar, pero lo puse atrás de otros muñecos, como para “esconderlo”.

Volví a mi casa y durante toda esa semana, empecé una campaña de ahorro. La estrategia era sencilla evitaba gastar mucho en los recreos del colegio para juntar la guita. Lo que me ahorraba iba derecho al fondo para comprar al perro tóxico. Tardé algo así como 15 días en lograr juntar la plata. Al tiempo salimos a pasear con mi vieja y pasamos por la galería. Le comenté que había un muñeco que me gustaba y que tenía la plata para comprarlo. Entré a la galería. Subí rápido las escaleras. Entré a la juguetería. Fui a los estantes.

No estaba. Después de eso, no lo volví a ver en ninguna juguetería más.

Ese día aprendí que a veces pese a lo mucho que uno desea algo, y al trabajo que hace para conseguirlo, no siempre lo alcanza. El azar hace lo suyo. No me preocupé. Pensé que bueno, que está bien, que no siempre los deseos se cumplen. Y me lo enseñó Toxic Crusaders.

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[UPDATE] 01-03-16

El fin de semana pasado y tras 18 años del incidente que describí arriba, en un puesto de juguetes viejos, en el parque centenario, encontré a Junkyard. Me lo compré y cierro un círculo de casi dos décadas. La vida es lo más.