Disclaimer: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Capítulo 1

El quinto piso de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires parecía un laberinto. Estaba compuesto por pequeñas aulas/oficinas de escasos metros cuadrados cuyas paredes eran unos tabiques de vidrio y madera con marco de aluminio. Daban la apariencia de peceras. Pero en vez de tener peces, por habitantes(?) tenían seres humanos. Los seres humanos que trabajaban en ellas se sumergían en sus actividades intelectuales, ya sea leer, escribir, corregir algún trabajo, tener alguna clase de consulta. Toda actividad referida al quehacer académico.

Laura, estudiante de la carrera de Filosofía corregía su tesis de licenciatura en la sala del Seminario de Investigación de Filosofía Contemporánea dictado por el titular de cátedra Don Samuel Cabanchik. El tema: Frege, Russell y Wittgenstein. Samuel era un tipo de un metro setenta, no más. Con una prominente pelada. Había sido titular de Filosofía Contemporánea por largos años. Luego, como resultado de una capacidad envidiable para hacer política intra muros y extra muros de la Facultad logró ganar nada más ni nada menos que una banca en el Senado de la Nación.

Senador Samuel Cabanchik.

Luego de su carrera política, en la cual una vez finalizado su mandato no volvió a participar, se retiró a trabajar en los cubículos del 5º piso.

Laura estaba allí para consultarle un problema con su tesis. Estaba trabada hace dos años. Le costaba un esfuerzo terrible tener que ir a la facultad luego de tantos años. Parecía como si una fuerza invisible la alejase de allí para no completar nunca su formación académica. Para combatir esta inercia Laura arrancó una serie de breves encuentros con su titular de tesis para poner en marcha el proyecto y poder, de una vez, terminar la carrera. Terminar la carrera y conseguir novio.

Esta era la tercera vez consecutiva que Laura iba a las reuniones con Samuel. Le costaba un poco la charla con el profesor. Laura era tímida. No tenía facilidad para relacionarse con desconocidos, sencillamente le salía mal. Nunca sabía qué decir y qué no. Sin embargo, el profesor Cabanchik le ponía la cosa fácil. Laura sabía que, con decir sólo algunas palabras Samuel comenzaría un monólogo de largos minutos. Así, para cuando quería acordarse, el tiempo de la consulta terminaba.

Ese día, luego del obligatorio monólogo, Laura saludó al profesor y salió de la oficina. Miró su reloj 10.55. Había escuchado las historias de violaciones en el 5º piso. Desde un principio le habían parecido absurdas. Creía que eran chimentos. Sin embargo, le daba un poco de cagazo caminar por esos pasillos laberínticos. No le había pasado nada durante los tres martes anteriores. Nunca le pasó nada raro mientras cursaba regularmente, más que el encuentro con algunos de los deambuladores típicos de la facultad. Gente sin un mango, moradores de aulas abandonadas, jipis varios, personal administrativo, mantenimiento, mozos de Mc Pancho, bolcheviques de toda clase y color. La fauna típica de la noche puanera. Incluso una vez había visto a un tipo que se bajó de un Bora estacionado en la puerta y le llevó falopa a un pibe en el patio. Pero nada más que eso.

Sin embargo, el 5º piso es confuso. Para colmo tiene una sóla entrada y salida. La escalera que lleva al cuarto piso. Lo cual reduce a la mitad la posibilidad de salir de ahí adentro. Para cuando se quizo dar cuenta Laura estaba perdida. Donde debería estar la escalera había una puerta de un aula cerrada. Se sintió una boluda. Retrocedió sobre sus pasos. No sabía dónde estaba. De casualidad volvió al aula del grupo de investigación. Cabanchik no estaba. La luz apagada. Desde allí sí sabía salir del 5º piso. Caminó el camino de memoria. Vió la escalera. Recuperó la tranquilidad.

Laura puso el pié en el primer escalón. Sintió una sombra que pasó detrás de ella, a unos metros. Se dio vuelta un poco agitada. No vió nada. Pensó que era alguien de mantenimiento. Siguió caminando por la escalera. Escalón tras escalón. Llegó al cuarto piso. Otro laberinto similar al del quinto. Lo conocía a la perfección y avanzó con paso firme por uno de los pasillos. A su lado los vidrios de las aulas con carteles pegados. Laura se detuvo delante de un cartel que anunciaba un congreso de mujeres. Sintió un leve graznido. El corazón se le subió a la boca. Apuró el paso. El pasillo parecía estirarse con cada paso, y las sombras cernirse encima de ella. Estaba asustada, aunque su mente intentaba convencerla de lo contrario.

Tercer piso. Ahora sí, de nuevo en los pisos de siempre de la facultad. No había nadie en las aulas. Le pareció raro. Todavía debía haber algún curso. Miró su reloj. 11.05. Habían pasado 10 minutos desde que se despidió del profesor. No lo podía creer. “¿Cuanto tiempo estuve perdida?” pensó. Apuró el paso y llegó a la escalera central. Escuchó pasos detrás de ella. Se dió vuelta. Gritó

– ¡Hola!-

Silencio.

-¿Hay alguien?-

Limpio y claro, escuchó de nuevo el graznido. Presa del pánico, huyó por las escaleras. No miraba para atrás. Uno a uno los escalones iban pasando debajo de sus pies. Pensó en las historias de violaciones. Apuró el paso. 2º Piso. Ahora las pisadas parecían estar a pocos metros detrás de ella.

Sintió un escalofrío en toda su espina dorsal. Su espalda se curvó. Casi pierde el equilibrio. Enganchó la escalera hacia el primer piso a toda la velocidad. Un escalón dos escalones. Tres escalones a la vez. Llegó al primer piso. No escuchó nada. Juntó toda la fuerza de voluntad que tenía y miró para atrás. Nada.

Por un segundo pensó que era una idiota por sugestionarse de esta forma. Encaró la escalera hasta la planta baja tranquila. Se rió en voz baja. No lo podía creer. Miró hacia arriba y vió el techo alto de la escalera central de Puán que tantas veces había caminado para ir a cursar. Pisó la planta baja.
Entonces, algo impactó en su costado y la tiró al piso. Cuando levantó la vista vio una sombra que la acechaba y gruñía. Parecía un perro. Caía una baba densa y verde de su boca. Los ojos estaban inyectados en sangre, rojos. Laura se paró. Intentó moverse pero el cuerpo no le respondía. La bestia se puso de pie y se acercó lentamente a Laura esbozando algo como una sonrisa. Un haz de luz del patio iluminó la dentadura de la bestia, coronada por colmillos, amarillos y marrones. Laura escuchó el mismo sonido que antes cuando la bestia avanzó. Tenía pezuñas. Logró mover las piernas y corrió hacia la puerta. La bestia aceleró corriendo hacia ella. Laura escuchó las pezuñas claramente golpear el piso y de nuevo un impacto la tumbó y cayó de boca contra el suelo. Se rompió el labio. El aliento pútrido de la bestia le dió ganas de vomitar. Las garras del monstruoso ser la dieron vuelta y le rompieron la ropa. Sintió los dientes del animal en su cuello. Pensó que era el final.

De pronto la bestia lanzó una desgarrador aullido. Laura se sintió en el mismísimo infierno. La bestia se paró. Detrás de él había un hombre de boina y saco blandiendo una espada. El monstruo avanzó hacia el hombre. El hombre blandió la espada y con un sutil movimiento atravesó el pecho de la bestia. El monstruo vomitó un chorro de sangre. El hombre pateó a la bestia y la espada salió del cuerpo. La bestia moribunda retornó a su posición cuadrúpeda y quedó a la merced de su verdugo. La luz de la luna que se filtraba por la puerta le iluminó la cara al hombre. Era Samuel Cabanchik. Samuel levantó la espada y con un movimiento firme decapitó al monstruo. Limpió la hoja teñida de sangre con un pañuelo y le tendió la mano a Laura.

Laura se puso de pié. No entendía nada. Samuel se agachó sobre el cuerpo del difunto ser y en la altura del cuello encontró una cicatriz con un pentagrama. Desde el piso miró a Laura.

– Lo mandaron para matarme a mí, te siguió a vos porque saliste después que yo del 5º piso-.

Laura estaba muda.

– ¿Querés un café?-.

– Bueno.

Capítulo 2

Laura miró por la ventanilla del 110. Las gotas deformaban todo lo que veía. El zumbido del motor del colectivo era el único sonido que rompía el silencio. Tenía la cabeza apoyada en Nicolás. Pese al frío, el cachete le transpiraba por el contacto con el cuero. No dijeron nada en todo el viaje. En lo único que podía pensar era en el monstruo. Bajaron del colectivo en las heras. Laura abrió el paraguas y Nicolás, más alto que ella, lo agarró y lo puso arriba de sus cabezas. Las gotas no los tocaban. Laura le sonrió a Nicolás. Entre la barba tupida vió una leve sonrisa. Laura metió la nariz en el ramo de jazmines que tenía en la mano. Se acordó de su papá. De las navidades, llenas de jazmines.

Caminaban despacio con el viento en contra. Laura pensó que no era el día indicado para estar de pollera. Pero no le importaba. Lo hacían de esta manera todos los años. El cielo gris. El frío invernal. La humedad pegada a los huesos. Eran acompañantes habituales de esas fechas.

Llegaron a la reja del cementerio. Enorme, de hierro negro forjado.

Nicolás caminaba con pasos lentos pero largos. Laura, compensaba con pasos cortos y veloces. Caminaron por entre medio de las bóbedas de las familias de alcurnia. Doblaron en un callejón y siguieron su paso firme. Laura sintió pasar una sombra por detrás suyo y se le heló la sangre. Su cara se puso blanca como la luna. Nicolás la miró. Luego giró hacia atrás y vió una vieja vestida de negro caminando detrás de ellos. Le dió una palmada en la espalda a Laura. Sintió que bajo la palma de su mano, los músculos de la espalda de Laura, se relajaban.

Ahí terminaban las bóbedas y empezaban las tumbas. Pararon delante de una cruz de piedra. Limpia, sin decoraciones. Clavada en la tierra. Por lo menos crece pasto, pensó Nicolás. La cruz tenía una inscripción. Jorge Quiroga 1954-1995. Laura dejó el ramo sobre la tumba. Nicolás se sacó la capucha. Miró fijo la tumba, ninguno dijo nada. Laura soltó unas lágrimas. Su hermano la abrazó. Intentó contener el llanto. No pudo.

Dejó todo lo que le quedaba ahí.

Samuel se bajó rápido de su Studebacker Lark modelo 60. Automóvil que había heredado de su padre. El frío le golpeó la cara. Agarró su saco, su boina, se los puso y cerró la puerta del auto. El mango de la espada brillaba en el asiento trasero. Caminó por el estacionamiento y salió a la calle. Las nubes cubrían todo el cielo y una lluvia fina golpeaba todo. Atravesó rápido los jardines que separaban al edificio de la calle. Entró al edificio de la biblioteca nacional y se subió al primer ascensor que encontró.

Horacio Gonzalez estaba dándo una charla sobre la influencia de las élites letradas en la política argentina desde la década del 80 del siglo XIX hasta mitad del siglo XX. El auditorio estaba repleto. Samuel entró y se quedó parado junto a la puerta. Horacio levantó la vista de los papeles que leía miró por encima al auditorio y reconoció a Samuel parado junto a la puerta.

A los pocos minutos una señora se levantó de la última silla de la fila de la derecha y dejó la habitación. Samuel se sentó en esa silla. Al lado suyo un hombre mayor luchaba para no quedarse dormido. A los pocos minutos concluyó la charla y el auditorio aplaudió de pié a Horacio Gonzalez.

Varias señoras entradas en años se acercaron al director de la biblioteca nacional le sacaron algunas palabras triviales. Luego, las señoras, volverían a sus casas e intentarían contarle al primero que se cruce por delante que habían charlado, ni más ni menos que con el director de la biblioteca nacional. Horacio hablaba con todas ellas como si fuese un párroco luego de la misa del domingo.

Samuel se levantó de su silla y avanzó hasta el tumulto de señoras paquetas. Horacio se disculpó con el séquito y estrechó la mano de Samuel.

– Supongo que no estás acá para pedirme el certificado del curso -. Dijo en tono seco Horacio.

– Suponés bien ¿podemos pasar a tu oficina?

– Samuel yo preferiría que no…-

– No estaría acá si no fuera necesario, Horacio-. Insistió Cabanchik sin perder la amabilidad en el tono.

El director de la biblioteca titubeó un poco. Luego propuso a su invitado a pasar a su oficina. Samuel entró a la oficina del director. Estaba llena de papeles y libros. Tenía una vista preciosa a la Avenida Libertador.

– Hagámosla corta Samuel ¿que necesitás?

– El martes pasado un demonio atacó en Puán.

Horacio abrió los ojos, sorprendido. No daba crédito a lo que escuchaba. La seriedad de la cara de Samuel borró cualquier rastro de duda.

– ¿Lastimaron algún chico?-

– Agarró a una piba, pero llegué justo a tiempo-.

El silencio invadió la sala.

– ¿Y la piba te vió?-

– Si claro que me vió, corrije la tesis conmigo, me conoce -.

Horacio buscó algo entre sus libros. Primero revisó los que tenía a mano sobre el escritorio. Los pelos se le venían encima de la cara y lo jodían. Se los tiraba para atrás con las manos, nervioso. Los quería meter atrás de las orejas, pero no podía. Tenían el largo justo que rompe las pelotas. Revisó los estantes. Encontró una ficha. Puso cara de contento.

– Vení seguime-.

Los dos catedráticos salieron de la oficina y caminaron hacia los ascensores. Bajaron hasta el quinto subsuelo. Bajaron del ascensor y caminaron por un pasillo angosto, bajito. Los saludo un policía federal que estaba de guardia, casi dormido en un escritorio. Llegaron a una puerta de madera, pesada. Horacio sacó el llavero y abrió la puerta. Prendió la luz. Una lámpara de tímidos 60 watts se encendió e iluminó el lugar. Era amplio. Obscuro y lleno de bibliotecas modulares de chapa. Un montón de libros y polvo dormían en los estantes. Horacio miró la ficha que tenía en la mano y caminó con pasos firmes hasta un estante en el fondo de la fila de bibliotecas. Samuel lo siguió. Horacio agarró un libro de tapa roja y se lo dió. Samuel apenas lo miró.

– Adentro tiene lo que necesitás, un conjuro para sellar la facultad-. dijo Horacio.

Samuel sonrió.

– Te pido una sóla cosa Samuel, no involucres a la piba. No quiero que termine como Adriana ¿Me escuchaste?-. Una sombra pareció posarse en la cara del director.

– No voy a discutir con vos Horacio, te doy las gracias por esto, me tengo que ir-.

Samuel se despidó de su amigo. Metió el libro en el portafolios y salió de la biblioteca nacional con paso apurado. Llovía a cántaros. Caminó bajo la lluvia en dirección al estacionamiento. El agua le impedía ver a su alrededor. Apuró el paso. De pronto se quedó parado. Sentía que algo no estaba bien. Dió algunos pasos en dirección al estacionamiento. El ambiente estaba raro. Miró hacia atrás. No vió nada. Enderezó la cabeza.

Entonces recibió un puñetazo directo en la nariz, que lo tumbó al piso. La nariz comensó a sangrar. La sangre le caía por encima de los labios y aterrizaba encima de la camisa. Detrás de la cortina de lluvia vió a un demonio. Este no tenía pelos. Estaba completamente desnudo y sin un sólo pelo. Tenía los párpados cocidos y garras en los dedos. Una baba violeta le caía de la boca. Insinuó un rugido medio ahogado. Avanzó hacia Samuel.

Samuel aún sorprendido, se puso de pié. El monstruo se avalanzó sobre él. Con un movimiento ágil y firme, Samuel lo golpeó en la cara. El engendro se fué al piso y chilló de la rabia. Se incorporó y avalanzó con mucha rapidez sobre Samuel que estaba intentado sacar algo de atrás de su cintura. El impacto lo tiró al piso e hizo rodar a los dos abrazados por la rampa del estacionamiento. Samuel quedó tendido en el piso con el mosntruo encima. Este se había incorporado rápido de la caída y tenía ambas manos en el cuello de Samuel. Golpeado pero entero, Cabanchik sacó la daga que tenía enganchada a la parte de atrás de su cinturón y la clavó en la espalda del mostruo. El mosntruo apenas se movió. Samuel la clavó de nuevo. Y otra vez. La sangre violeta comenzaba a brotar de las heridas y a mancharle la ropa. El monstruo seguía apretando sin piedad el cuello. Samuel se sentía asfixiado y en un último intento incrustó el cuchillo en el brazo izquierdo del monstruo que, ahora si, le soltó el cogote.

En cuanto se pudo incorporar, Samuel corrió hacia su auto. El demonio, mientras, trataba de sacarse el cuchillo del brazo. Al lado de la puerta del auto, Samuel sacó las llaves e intentó abrir la puerta. Pifió en la primera. El mostruo avanzó. Intentó por segunda vez encajar las llaves y esta vez si, lo hizo. Abrió la puerta del acompañante y metió la mitad del cuerpo adentro del auto. Sintió una mano que lo agarraba del tobillo. Rozó con sus dedos la espada. Ahora sentía un fuego en su tobillo y dolor, mucho dolor. Logró agarrar la empuñadura. Como pudo se dió media vuelta y vió a la bestia. Sacó su torso del auto, esgrimió su espada contra el demonio. Le amputó un brazo en un sólo movimiento. El repulsivo ser chilló como un cerdo. Samuel se incorporó, agarró con ambas manos la espada y dió un certero golpe al cuello del enemigo. La cabeza del demonio voló por el aire. Cayó unos metros delante. Las palmas de las manos del engendro tenían dos pentagramas hechos con cortes en la piel. Samuel encendió el auto y salió a toda velocidad de allí.

Laura miraba el reloj de su muñeca. Eran las 11.05. Había pasado exactamente una semana desde el ataque. Aún no podía dormir. Había decidido abandonar la tesis a raíz de los acontecimientos. Estaba en pijama, tirada en su cama escuchando un Out of Time de R.E.M.
Nicolás golpeó la puerta del cuarto.

– Tenés visitas-.

Laura se puso la bata y bajó la escalera. Reconoció el saco y la boina. Se quedó quieta en la escalera. Samuel, levantó la cabeza y la miró, fijo, a los ojos.

– ¿Querés tomar un café? Dijo Samuel con una casi imperceptible sonrisa.

– Bueno, esperá que me cambio-. Dijo Laura y volvió a su cuarto.

Capítulo 3

El Studebacker de cabanchik temblaba. Cuando pasaba los 60 kilómetros por hora le pasaba eso al pobre auto. Se sacudía como una licuadora. Luara viajaba blanca del miedo y agarrada lo más fuerte que podía a la puerta. Pensaba que en cualquier momento iba a salir volando. Samuel no lo cambiaba por afecto, porque era más barato andar con eso y porque le tenía un amor incondicional. Había sido su primer auto. Su único auto. Se lo había regalado su abuelo antes de morir. Le había regalado un auto y una esapada.

Su abuelo había llegado a Argentina desde polonia en el año 37. Se había escapado de la guerra. De los nazis. Eso le había dicho a todos los que le preguntaban. Cuando Samuel creció y fué a la secundaria aprendió que Polonia recién había sido invadida por los nazis en el 39. Así que, curioso, fué y le preguntó al abuelo cómo era que los nazis habían estado en polonia dos año antes de invadirla. El abuelo se enojó y jamás le respondió.

Junto con el auto y la espada el día que murió, su abuelo, le dejó una carta. La carta tenía escrita la verdadera razón de su huída de polonia. El abuelo de Samuel a los doce año conoció un viejo gitano mientras acompañaba a su madre al mercado para hacer las compras. El viejo tirado en un rincón, sacó de entre sus harapos una espada y se la regaló. Luego, profirió unas palabras inentendibles y murió. Ahí en frente de él.

A los pocos días su casa su pueblo primero y su casas después se vieron azotados por una horda de demonios. Los engendros del mal asesinaron a gran parte del pueblo. Perocuando ya no había resitencia y todo parecía encaminarse a una masacre el abuelo de Samuel los mató a todos. Uno a uno los decapitó con la espada del viejo gitano. Sin embargo toda su familia, murió en aquella terrible noche. Luego de errar varios años durante su país como mendigo y enfrentándose a los esbirros de satán que se le presentaban en el camino juntó dinero suficiente para comprar un billete de vapor y huyó de la tierra maldita.

Al poco tiempo de la muerte de su abuelo la estrenó. Descubrió así su oculta vocación. Cazar demonios. Desde entonces cuando Samuel Cabanchik no ejercía su rol de docente y respetado académico, yiraba por la ciudad de buenos aires en busca de los esbirros del infierno para cortarles la cabeza y devolverlos al abismo.

Samuel estacionó el auto en doble fila. La garúa todavía caía firme. Bajó del auto y caminó hasta un bar que parecía cerrado. Golpeó la ventana. Se prendió una luz adentro del bar. Atendió un viejo con cara de dormido. al poco tiempo, le pasó a Samuel una bolsa de papel. Samuel volvió al auto. Le dió un café con leche a Laura y le convidó un churro. Laura lo comió, nerviosa. Pero lo comió. Samuel puso en marcha el auto y bajó la ventanilla. Venía a sesenta con la lluvia pegándole en la cara. Las luces de los semáforos se reflejaban en el asfalto.

– ¿Viste que siempre que aparece una calle de noche en una película está mojada?

Laura lo miró extraño. Esperaba hablar del mostruo, alguna explicación, ¡De la tesis! En cambio samuel le hablaba de cine.

– No ¿porqué?-.
– Porque el agua refleja la luz, mirá la calle que linda que está-.

Samuel estacionó el auto en la puerta. Agarró su bolso y bajó. Le indicó a Laura que lo siga. Llegaron a la puerta principal, estaba cerrada. Samuel sacó un manojo de llaves como el de los curas. Debería haber cincuenta llaves. Probó con tres distintas. A la cuarte le pegó y abrió la puerta de la facultad.

Cerró rápido y miró para todos los costados. No había nada más que oscuridad. Salieron al patio. Samuel terminó su café y sacó la espada de adentro de su bolso. La clavó en el medio del cantero, al lado del pino, de las colillas de cigarrillo y las tucas. Sacó de su bolso un rollo de papel. Viejo, muy viejo. Leyó algo en latín. Laura se dió cuenta que la pronunciación de Latín estaba mal. Intentó corregirlo sin parecer ruda. Samuel se rió y le dijo que su pronunciación siempre había sido horrible. Le dió el manuscrito.

Laura lo leyó en voz alta y entendió que era un conjuro. Samuel sacó un cuchillo de plata, que relució con la luz de la luna llena que se filtraba entre las nubes. Se hizo un corte en la mano. Miró a Laura. Ella, temblorosa, extendió la mano. Le hizo un corte pequeño. La sangre brotó rápido, calentando la mano de Laura. El profesor extendió le dió la mano a Laura y la apretó con la suya. La sangre cayó en el cantero. Al lado de la espada clavada.

– Ahora si. Terminemos tu tesis.-

Un tipo bajo caminó por el medio de la iglesia. Estaba vacía, no estaba ni el cura. Solamente una mujer de unos cuarenta años sentada en el segundo banco. El tipo rengueaba con la pierna derecha. Llevaba un bastón. El bastón tenía en el mango calado, el símbolo de la masonería. La mujer miró al tipo y le hizo señas.

El tipo se sentó en la punta del banco con algo de dificultad. De adentro del traje sacó un sobre. Lo puso en el banco lo empujó hasta dónde estaba sentada la mujer. Esta, abrió el sobre y vió un par de fotos. Todas eran del mismo hombre. Un tipo más bien bajo, regordete, pelado. Le resultó simpático.

El chueco le habló. Le dijo que este era su nuevo trabajo. Que en menos de una semana se había cargado a dos “hermanos”. Que lo quería afuera del mapa cuanto antes. Que el pago era el mismo de siempre y que si tenía alguna condición que la diga ahora.

– Ninguna. Tiene cara de simpático el gordito-.

El chueco la miró fijo. La saludó. Se paró con dificultad y rengueando, salió de la iglesia.

Capítulo 4

Laura miraba fijo a Samuel que leía un anillado de hojas A4. Estaban rodeados, otra vez, por los biombos de las aulas del último piso de puán. Samuel la miró fijo.

–Bueno… ahora sí tenemos una tesis de licenciatura –dijo Samuel.

Laura intentó pero no pudo contener las lágrimas. Samuel se acercó y le dió un abrazo que la tranquilizó un poco. Y otro poco la hizo llorar porque se acordó de su papá. Se acordó del cadáver de su viejo el día del velatorio. Blanco y rígido, con olor a muerto. Envuelto en seda blanca. Esa seda de casa de velatorio o de vidriera de panadería.

–Tranquila, ahora te falta arreglar la fecha de la defensa y listo, sos licenciada.

–Gracias Samuel, en serio, gracias.

Salieron de la facultad, llovía, hacía un mes que no paraba de llover. Caminaron por Puán y agarraron Bonifacio. Un tipo de traje caminó detrás de ellos a distancia prudente. Los siguió unos cuantos metros atrás, a paso firme. Samuel y Laura caminaron hasta la parada del colectivo 44.

–Andá Samuel, yo espero acá tranquila.

–No seas tozuda, te espero que no cuesta nada.

–¿Te puedo preguntar algo?

–Claro. Decime.

–¿Que son?

–¿Que son, que?

–¿Los bichos, que son?

–¿Los insectos decís?

–No sami… Los monstruos, los demonios. Los que te atacan.

–Los que nos atacan querrás decir.

–Si, eso.

Laura lo miró fijo. Samuel tenía razón pero Laura no quería ver las cosas de ese modo. Todavía le costaba entender que se estaba metiendo en esto.

–No sé. La verdad que no sé. Pareciera que sólo me buscan a mi y que yo sólo los puedo ver. Lo poco que logré investigar es que parece que vienen de otra dimensión, algo así como una realidad solapada con la nuestra, a la que sólo es posible acceder mediante determinados rituales.

–¿Magia?

–Si magia, ponele. Pero no quiero especificar el estatus ontológico del asunto, porque no me cierra por ningún lado. Eso implicaría aceptar de suyo una forma del mundo con la que no estoy de acuerdo.

–Porque si son demonios, hay infierno, hay cielo…

–Absolutamente. Si son demonios y asumimos el mito de los ángeles caídos entonces hay cielo, hay almas, hay un Dios. Básicamente estaríamos asumiendo una metafísica cristiana, cosa a la cual me niego. Por escéptico y por judío.

Laura de nuevo lo miró sin saber qué más decir sobre el tema.  

En ese preciso instante el tipo que los seguía, caminó hasta ellos. Samuel se percató de la presencia y lo miró fijo. Era de noche. El tipo usaba sombrero, anteojos negros y un impecable traje negro. Samuel agarró la daga que tenía adentro del saco. El hombre se sacó el sombrero y se paró al lado de Laura. Desde la esquina las luces del 44 iluminaron toda la cuadra. Laura estiró el brazo y paró el colectivo.

El interno 19 de la línea 44 paró unos metros adelante, Laura quiso despedir a samuel con un beso. Samuel la detuvo.

–Voy con vos.

–Pero el auto.

–Voy con vos.

Los tres subieron al colectivo. Laura pasó la SUBE y se ubicó en el asiento del fondo. Sin sacar la mano de la empuñadura de la daga, Samuel la siguió. El pelado se quedó adelante hablando con el chofer. Se sentó en el asiento de adelante y se puso a charlar con el colectivero.

–¿Que pasa Sami?

–No me gusta ese tipo ¿lo conocés?

–Que se yo, ni idea.

–¿No viaja con vos a esta hora?

–No sé, no me fijo mucho en la gente del colectivo. Tengo mala memoria.

–No me gusta, para mi es un… Quedate atenta.

–¿Tenés la espada?

–La dejé en el auto.

Samuel corrió la solapa del saco y le mostró la Daga a Laura. Se bajaron del colectivo. Caminaron mojándose por la lluvia. Samuel siguió con la mirada al 44 mientras avanzaba por Cabildo. Paró unas cuadras más adelante. No bajó nadie. Caminaron por Virrey Aguilar(?).

–Es la cuadra que viene, estoy bien, andá tranquilo…

Laura no terminó de pronunciar la frase cuando el pelado apareció unos metros delante de ellos. Se sacó los anteojos,  los ojos parecían prendidos fuego. El pelado corrió a toda velocidad y se abalanzó sobre Samuel. Lo derribó del impacto. Samuel se fue al piso y perdió la daga que salió volando y cayó en la cuneta de la calle. El pelado lo golpeó fuerte en la cara. Samuel quedó tendido por unos instantes. El demonio saltó sobre Laura.

Laura corrió unos metros alejándose del pelado hasta que sintió un fuego le quemaba la cintura. Miró  para abajo y vió los brazos del demonio agarrándola, mientras sentía el impacto. Cayó al piso y se golpeó la pera. El golpe no la noqueó. Apenas unos centímetros delante de ella vió un cascote suelto en la vereda. Lo agarró y sin pensar un instante se dió vuelta y golpeó al pelado en la cabeza. El pelado cayó hacia un lado. Laura se puso de pié y vio la daga en el cordón. Corrió hacia ella.

Samuel seguía tendido en el piso. El pelado se paró como pudo, inclinó la cabeza hacia atrás, los ojos se le pusieron blancos, todo su cuerpo vibró y escupió una bola de fuego que rozó la cabeza de Laura justo en el momento que ella se tiró al piso para agarrar la daga. El pelado quedó unos segundos inmovilizado por una especie de trance. Laura vió la oportunidad,  laura sostuvo firme la daga y la enterró contra pecho del esbirro. El pelado lanzó un alarido su vida se extinguió.

Laura se levantó y corrió hasta donde yacía Samuel. Le dio unas cachetadas y como pudo lo arrastró hasta su casa. Toco varias veces el timbre, golpeó la puerta desesperada hasta que salió Nicolás, su hermano, que la vió ahí, llorando, empapada y con un tipo de 60 años desmayado a sus pies.

Claudia se prendió un cigarrillo. La tuvo difícil porque la lluvia le empapaba el encendedor, el cigarro, la boquilla, todo. Sin embargo pocas cosas podían con su fuerza de voluntad. Muy pocas. La lluvia no era una de ellas.

Ahí mismo un Gnomo abrió la puerta de la cripta. Era pesada y de piedra.  Claudia bajó unos escalones, después otro y otro. Llegó al fondo del asunto. Adelante suyo, en un espacio muy pequeño, sin ventilación ni ventanas encontró un ataúd. Apenas un rayo de luz de la luna entraba por la corroída cúpula de vidrio. El lugar apenas estaba iluminado con una leve luz tenue.

El pequeño gnomo que la acompañaba se escondió detrás suyo.

–No seas cagón, querés –lo increpó la mujer.

El gnomo intentó varias veces abrir el ataúd con una barreta que aún tenía puesta la etiqueta de Easy.  Al cabo de varios intentos y con la mirada de Laura sobre la nuca la abrió como pudo. Adentro había un esqueleto maltrecho. Con los huesos rotos y amarillos por el paso del tiempo. El cráneo exhibía un grosero agujero de bala en la frente.

Laura le pasó una cantimplora al gnomo, y este, vació el contenido viscoso sobre los huesos difunto. Ahí donde había solo polvo se regeneraron los primeros huesos. Se soldaron fracturas, el color amarillo desapareció y en los extremos se formó cartílago. Luego crecieron tendones, que como alambre de cobre fueron juntando los huesos y las coyunturas. Encima del vigoroso esqueleto crecieron los músculos. Vastos, tríceps y mastoideos fueron tejiéndose de la nada. Los órganos volvieron a aparecer en la maraña de carne viva. El corazón latía ahora con fuerza, los pulmones volvía a la vida. Por último, la carne se fue cubriendo de piel. En las cuencas de la cara aparecieron los ojos, en la boca, la lengua. La cabeza se cubrió de pelo y en los dedos crecieron uñas.

Dónde antes había un esqueleto ahora había un morocho de cuarenta años con pinta de compadrito. Se levantó de la tumba, clavó sus ojos en Claudia y el Gnomo.

–¿Quién carajo me levantó? –dijo en una voz que parecía salir del inframundo.

–Hablá bien, estúpido. El chueco te necesita.

Al mencionar el nombre de quién lo invocó, la cara del compadrito volvió a tomar un color mortecino. Claudia le hizo un gesto al gnomo y este le dejó tiró encima una bolsa al resucitado.

–Cambiate, Lázaro, te espero afuera.

Claudia subió la escalera caracol moviendo el culo como si fuese una modelo de 20 años. Salió de la cripta, y tiró la colilla del cigarrillo al piso. La pisó con sus zapatos. El compadrito salió vestido de la tumba, muy pintón.

–Tengo buen ojo –dijo Claudia y sonrió.