[Este cuento se publicó originalmente en la Revista Velociraptors Vol.3]

I

Buenos Aires sufrió cambios traumáticos en los albores del siglo XXI. Los efectos del calentamiento global hicieron estragos en el clima templado que caracterizó a la ciudad durante los siglos precedentes. El aumento de las temperaturas en verano, el recrudecimiento de los inviernos y el incremento de las lluvias hicieron la vida insoportable. De estos tres factores el último quizá haya sido el más jodido. Para el año 2075 no era raro que lloviera veinte días al mes.

Ciertas partes de la ciudad sucumbieron bajo el agua, en particular las linderas al Río de la Plata. Los habitantes de la metrópolis comenzaron un lento pero sostenido éxodo, hacia otras ciudades más alejadas del mar y menos tropicalizadas, entre ellas Córdoba, Mendoza y San Luis. Pese al éxodo en la ciudad de Buenos Aires no disminuyó su población.

El fuerte afluente migratorio de países limítrofes y no tanto, que había comenzado hacia fines del siglo XX, se convirtió en una nueva ola migratoria promediando el siglo XXI. Bolivianos, peruanos y paraguayos fueron los que llegaron en mayor cantidad, siendo los bolivianos el equivalente a la migración italiana del siglo XIX y XX. No menos importante fue la ola migratoria oriental, con los chinos y coreanos a la cabeza, que hizo de Buenos Aires un bazar multicultural. Otra vez.

El invento que revolucionó el siglo fue responsabilidad de un bioingeniero argentino descendiente de inmigrantes bolivianos establecidos en Buenos Aires a principios del siglo XXI. Bryan Morales, fué reconocido mundialmente por desarrollar lo que se conoció como “hormigón orgánico”. La tradicional preparación del hormigón fue inoculada con un hongo sintético de la familia de las levaduras, diseñado por Morales, que fermentaba el cemento portland haciéndolo como si se tratase de pan, duplicando o triplicando su volumen sin perder resistencia.

Este modo de construcción permitió levantar edificios de alturas descomunales en la Ciudad de Buenos Aires. La geografía de la ciudad se transformó por completo en un siglo. La industria de la construcción, luego de las denominadas guerras del portland, quedó bajo control casi exclusivo de familias de origen boliviano, dotando a Buenos Aires de una nueva fisonomía. Así se convirtió en una ciudad de edificios monumentales y lluvias descontroladas.

                                                                    II

Humberto Mamani estaba al borde del colapso físico. Llevaba corriendo cincuenta metros sin parar. A toda la velocidad que su metro sesenta y cinco le daba. Mientras proseguía su carrera, sorteaba a un torrente de vendedores apostados en la vereda, con puestos que parecían trincheras. También esquivaba sus bártulos. Por adentro los maldecía hasta el origen de sus generaciones. Hubiese estado encantado con gritarles un clásico y no menos hiriente “negros de mierda”, pero:

1.- No se podía dar el lujo de gastar el poco aire que le quedaba.

2.- No quería terminar agarrándose a piñas con ningún nigeriano ambulante.

Unos metros delante de él, un transa de poca monta huía entre la marea humana. “No se me puede escapar este peruano hijo de puta”, pensó Humberto. El peruano en cuestión dobló en la esquina de la calle Paso. Humberto le acortaba la distancia. Dobló también y se llevó puesta una negra que fue a parar al piso. Ni bien se estroló contra la vereda lo puteó en todos los colores del arcoiris. Cuando estuvo a escasos dos metros del fugitivo, éste se metió en la puerta del número 475, que daba al pasillo de un conventillo.

Humberto entró corriendo al pasillo, y vió al transa intentado subir sin mucho éxito una pequeña medianera que daba a un patio contiguo. Entonces, lo agarró por las piernas y con toda la energía que le quedaba tiró para abajo.

La mala suerte quizo que el fugitivo no pudiera mantenerse agarrado de la medianera y fuera a parar de boca al piso. Un ruido seco acompañó la caída.

Humberto, jadeando, lo agarró por los hombros y giró el cuerpo del maltrecho peruano. Se encontró con la cara de su conocido transa Abimael Guzmán, alias “presidente”, rota por el golpe y chorreando sangre.

–Mira lo que me hicistes –gimoteó el presidente, entre los chorros de sangre que le brotaban de la boca.

–Cállate, peruano rancio –dijo Humberto Mamani y le propinó un sopapo que le hizo girar toda la cabeza. La sangre de la boca salpicó la pared del pasillo por la cual el transa había intentado su fuga.

–Ahora me vas a decir por qué te escapastes cuando me viste –dijo Humberto en tono serio.

–Por nada –contestó el peruano.

Esta vez no recibió una bofetada. En cambio Mamani sacó su revolver calibre .38 plateado cuyo caño tenía grabada la palabra “familia” y se lo metió en la boca.

–Punta hueca –dijo Humberto. –Si apreto del gatillo tu cabeza reventará como una piñata –y martilló el revólver. El peruano con cara de resignado movió los ojos hacia la izquierda tratando de señalar algo.

–¡¿Qué?! –gritó Mamani.

–El mmmolsillo –dijo el peruano con el caño del arma en la boca, que, aparte de disuadirlo, le complicaba el tema de la modulación.

–Está bien, pero te haces el piola y ¡PUM! –

El transa se llevó la mano al bolsillo de atrás del pantalón y sacó un paquete transparente que sostuvo con la punta de los dedos, en cuyo interior había una píldora dorada, transparente, como el ámbar.

Mamani se la sacó, la miró rápido y la guardó en su bolsillo.

–¿Qué carajo es esto?

–Joni.

-¿Qué?

-JONI. Si memfsacás el arma de la moca exmlico mehor.

Mamani sacó el .38 de la boca del peruano pero siguió apuntándole a la cabeza.

–Se llama Joni, lo pegué anoche. Es un alucinógeno del estilo del DMT, pero parece que una vez que lo tomas no vuelves a tomar otra cosa.

–¿Y que más? –dijo Humberto apoyando el .38 en la frente del peruano.

–Que la vendamos baratito, no más de 25.000 créditos, y que si nos agarra la

policía con esto encima, nos matan. –¿Dónde la compraste?

–Humberto, tu sabes, si te digo me hacen boleta.

–Si no me dices te hago boleta yo.

–Tengo familia Humberto –dijo entre lágrimas Abimael –Nuestras nenas son compañeros del colegio. Pese a que se estaba conmoviendo, Humberto no aflojó. Bajó el arma hasta el muslo del peruano y disparó. El sonido retumbó en todo el conventillo. Nadie se asomó por la ventana. El peruano lloraba de dolor, mientras, se revolcaba en el piso, con la pierna abierta por el disparo y el hueso astillado.

–Autoservicio del juguete Pitimax, es la fachada del negocio dónde lo compré.

Mamani sacó el teléfono de su bolsillo, marcó 25.000 créditos y apretó la tecla send. Del bolsillo de Abimael Guzmán se escuchó una voz artificial y mal sintetizada.

– Usted acaba de recibir veinte y cinco mil créditos.

Mamani guardó el teléfono y salió del conventillo. En la esquina, lo esperaba su compañero, Jorge Quispe. Un tipo de metro setenta y cinco, campera de cuero a lo Ubaldini y un bigote tupido.

–Te perdí cuando doblaron en la esquina –dijo.

–Llámale una ambulancia, le metí un corchazo en la gamba.

III

Humberto estaba reclinado en su silla, delante de su escritorio el reloj marcaba las 9.00 horas. Miraba fijo los resultados del fútbol del día anterior en la pantalla holográfica. Un leve sonido de alerta le avisó que un expediente le acababa de llegar por el sistema de mensajería integrado al escritorio de su pantalla.

Sin siquiera posar su vista sobre el mismo, se paró, se dió vuelta y miró hacia la masa de edificios que se encontraba delante de él. El remitente era Paula Chang. Llevaba una etiqueta de Confidencial.

Entre la mole de hormigón orgánico y él se interponía el grueso vidrio de la ventana. A esa hora de la mañana el sol todavía iluminaba los niveles inferiores y permitía ver los pisos más bajos de la ciudad. No se veía el final de los edificios ni hacia arriba, ni hacia abajo. Su oficina estaba en el piso 137.

Con su dedo índice, arrastró el informe holográfico y lo puso sobre la ventana. Introdujo el código de verificación de identidad y comenzó a leerlo.

«La sustancia decomisada en el día anterior lleva por nombre Joni. Nombre derivado de una mala pronunciación de la palabra inglesa “honey” que quiere decir “miel”. Sin embargo, en la calle se la conoce por su forma fonética. Es una nueva sustancia prohibida que apareció hace un mes. Afecta directamente al cerebro, creando una leve una modificación en la corteza prefrontal. La sustancia cambia por completo la composición de la misma y modifica de forma permanente el carácter del consumidor.

Desde que se produce la ingesta, el sujeto pierde su autonomía como individuo y queda subsumido a las normas generales de todos los demás que tomaron la droga. Es decir que la voluntad propia se pierde y pasa a estar a disposición del grupo de pertenencia. Nombramos a este fenómeno “mentalidad de enjambre”.

Los sujetos que ingieren la droga pasan a formar parte de una organización criminal autodenominada “la Colmena”. Por los resultados de las pruebas hechas en el laboratorio con dos sujetos humanos, concluimos que subsume la conciencia individual a la grupal. La modificación genética le da a los humanos que la consumen una conciencia colectiva. Es decir que todas las decisiones individuales que hacen las están subsimidas al conjunto de sus compañeros. Actúan de forma similar a una colmena. Hasta la fecha no están identificados los lugares de confección de la misma.»

Humberto se reclinó sobre su silla y sacó un atado de Acapulco Gold Aniversary Edition. Sacó uno de los cigarrillos del interior, lo prendió y al instante la habitación se llenó de un humo espeso. Suspiró y se echó hacia atrás.

IV

Los detectives Mamani y Quispe se reunieron dentro de la oficina de su jefa, Paula Chang. Afuera del edificio la lluvia azotaba a la ciudad. La doctora Chang, una mujer bella y severa, era descendiente de coreanos presbiterianos del Bajo Flores. Desde muy chica eligió abandonar el camino de su familia, un negocio textil, para dedicarse a la investigación transgenética.

Paula entró a la habitación sin decir mucho. Mostró dos fotos. En ambas se veía un cuerpo que había sido desfigurado por picaduras.

–482 picaduras de abeja.

Ninguno de los dos detectives dijo nada.

–Era uno de nuestros agentes. Lo mandamos para infiltrar la colmena. Lo descubrieron enseguida. Las abejas hicieron el resto –dijo Paula mirándolos fijo.

–¿Cómo se dieron cuenta que era buchón? –dijo Humberto sin reparar demasiado en que el término también era aplicable a si mismo.

–Sospechamos que detectan a cualquiera que no tenga la modificación del encéfalo que tienen ellos, es la única explicación que encontramos –Enfatizó la Dra. Chang

–La única forma que hay de que esta operación no sea un fracaso es metiéndolos a ustedes dos adentro de la organización –concluyó.

V

Infiltrar la organización criminal “la Colmena” salió de casualidad. Durante varias semanas el laboratorio de Gen-Con estuvo buscando por orden expresa de Paula Chang la forma de neutralizar el pensamiento de colmena sin anular por completo la mutación. De esta forma, los agentes infiltrados serían reconocidos como parte de la colmena pero mantendrían su la capacidad de pensar autónomamente.

Pese a todos los intentos del laboratorio, las alternativas para generar un mecanismo de contención a la mutación habían fallado. Pero en un informe de hacía varios años publicado por un bioingeniero ex empleado de Gen-Con, encontraron la solución al problema.

Un pequeño dispositivo construído a base de proteínas sintéticas inhibía el pensamiento de colmena. Originalmente había sido desarrollado para controlar las acciones en pacientes psicóticos con conductas de violencia extrema.

Trabajaba sobre el mismo grupo neuronal, que era dónde se producía la mentalidad de colmena.

El grupo del laboratorio informó a Paula Chang del casual descubrimiento y esta llamó a los agentes Mamani y Quispe. Informó a ambos que serían sometidos al uso del Joni y luego de la ingesta serían inoculados con la proteína sintética que inhibiría sus efectos en la conducta, en el caso de que la operación lo requiriese. Jorge Quispe se ofreció a ser el primero en infiltrar la organización. Se decidió que de haber algún inconveniente, Humberto Mamani entraría en acción.

VI

El ascensor marcó el primer piso, sonó la campana característica y se abrió la puerta. Humberto y Paula bajaron, y encararon para el final del pasillo donde había una puerta pequeña con un cartel luminoso con la inscripción “morgue”. Humberto tocó el timbre y se encendió el intercomunicador. Apareció la figura de una rubia despampanante.

–¿Sí, quién es? –dijo una voz femenina.

–Detective Humberto Mamani, vengo a ver al Dr. Quiroga.

–Sí, un momento por favor.

La imagen se apagó a la vez que la puerta de acero se abría con un movimiento rápido. Un escritorio muy chico con una computadora y un potus modificado genéticamente para mantenerse rígido eran el único mobiliario del lugar. Detrás de él una mujer hermosa, de tetas bien firmes y un parecido a Marilyn Monroe los atendió.

–Esperen acá un segundo que ya los atiende el Dr. Quiroga.

–Sí, cómo no, querida, dile que se apure, lo único que no tengo toda la mañana – dijo Humberto. Mientras miraba con cara de desprecio a Humberto, la secretaria desapareció detrás de una puerta que conducía a la morgue.

–Esa modificación certificada de Marilyn la hizo un amigo, Juan José Lópes. Se llenó de guita –Dijo Humberto por lo bajo a su jefa, que le hizo una mueca de desinterés.

–Ya pueden pasar –dijo la secretaria.

Humberto y Paula dejaron atrás la sala de recepción y pasaron la segunda puerta hacia la morgue. Los recibió el Dr. Quiroga, un tipo de unos 50 años, bastante flaco, con guardapolvo blanco y delantal de hule transparente, con expansores en las orejas, barba tipo chiva, pelado y con tatuajes en toda la cabeza. Le dió un apretón de manos fuerte a Humberto.

–¡Jetón! Vos venís a visitarme sólo cuando hay quilombo acá, eh. Qué tipo hijo de puta.

–Por lo menos vengo, si yo tengo que esperar a que subas –dijo Humberto.

Sobre la pared contraria a la de su ingreso, estaban las heladeras dónde se guardaban los cadáveres. La habitación estaba revestida de azulejos blancos. En las paredes laterales había unos estantes llenos de frascos de formol. Algunos contenían partes de órganos humanos o fetos en formación. Otros, niños con evidentes deformaciones.

En la pared de la izquierda en cambio había un biombo detrás del cual estaba el escritorio del forense, con papeles desordenados y una pantalla de cristal un poco antigua encima. En el medio de la sala había tres mesas de aluminio pulido. En una de ellas yacía un cadáver cubierto con una sábana blanca. Tenía una pequeña etiqueta atada al pié, con un código de barras.

Quiroga retiró la manta blanca y apareció el cadáver de Jorge Quispe, con la tapa de los sesos rebanada y el cerebro al aire libre. Sobre la corteza prefrontal, se veía un minúsculo punto negro, apenas perceptible para el ojo humano. Una sensación de pena mezclada con ganas de vomitar atacó a Humberto. Atravesó todo su cuerpo desde la boca del estómago hasta la garganta. Hizo fuerza para no tener que lanzar todo ahí.

Al lado suyo, Paula Chang se llevó las dos manos a la cabeza.

–Violación estricta al código VX-187/2. Una red de neurotransmisores creados de forma intencional sobre la corteza prefrontal –dijo en tono severo el forense.

–Estaba autorizada para una misión de infiltración –dijo Paula sin dar crédito a lo que veía.

–Murió ayer a las 23.55. La causa fue una neurotoxina suministrada en una dosis letal, como es posible apreciar –continuó diciende luego de la interrupción.

Humberto sacó de su bolsillo un paquete de Acapulco, lo abrió, sacó uno y se lo puso en la boca. Mientras buscaba el encendedor en el bolsillo preguntó:

–¿Te molesta si fumo?

El forense con evidente cara de fastidio dijo: –No importa si me molesta o no, acá adentro no se puede fumar. Humberto no le dió bola y se prendió el cigarrillo. Un denso humo sativoso invadió la sala.

–Te dije que acá no se fuma –dijo el forense enfurecido.

–Chupame un huevo, Juan Carlos –dijo Humberto.

–Bueno cortenlá, parecen dos nenitos. Un poco de respeto.–dijo Paula con evidentes signos de fastidio.

–Como estaba diciendo, la neurotoxina que mató a Jorge Quispe se inoculó mediante este aguijón. El forense extendió su mano y le pasó a humberto un frasco muy pequeño, con un aguijón diminuto adentro.

 

VII

El ascensor marcaba el piso 30. Aún quedaban otros 107 para llegar a la oficina de Crímenes Transgénicos. Humberto pensó brevemente en la belleza de la secretaria de la morgue. Una belleza programada, escrita a propósito, planeada. Una belleza estéril.

Las certificaciones de estabilidad genética habían sido creadas por una pequeña empresa de recodificación genética china: Gen-Con. Luego de dicha creación Gen-Con se convirtió en la empresa más valiosa del planeta. La idea era simple.

El gran invento del siglo XIX había sido la máquina a vapor y la lucha de clases; el gran invento del siglo XX era la energía nuclear y la computación. El siglo XXI sería recordado por inventar la modificación genética en organismos vivos ya desarrollados y el hormigón sintético.

Esto abrió la puerta de una nueva era dónde el cuerpo humano pasó a ser una

arena de pruebas. Las modificaciones se multiplicaron exponencialmente. Pero surgió un inconveniente. Así como el código de un programa no está exento de errores, la reescritura del código genético tampoco. Es por eso que en un principio proliferaron las variaciones más pequeñas y controlables mientras que las modificaciones más radicales eran dejadas de lado ya que entrañaban la posibilidad de que todo el ADN del sujeto de prueba colapse, llevando al paciente a una muerte segura.

Las modificaciones que implicaban una mayor complejidad eran muy inestables y producían mutaciones indeseadas en los humanos. Algunas llegaban a ser letales.

En ese contexto Gen-Con salió al mercado con un invento que los expertos en mercadotecnia de por entonces no tardaron en llamar revolucionario: la modificación genética estabilizada. Estas eran modificaciones estándar que garantizaban la ausencia de fallos críticos y/o letales. De esta manera nacieron las certificaciones Gen-Con. El invento más rentable de la historia humana. Gen-Con tardó apenas un par años en ser virtualmente el dueño del mundo. Reescribir el código genético de un organismo vivo no era fácil. Se necesitaba una dosis de genio y precisión poco comunes. El proceso consistía en tomar una muestra de ADN, decodificar toda la cadena mediante un procesador de cálculo genético que reconstruía cada parte de ella. Luego, se introducía el paquete de cambios con certificación y se reinyectaba el código en las células. En 12 horas todas las células del cuerpo habían cambiado la información genética contenida. Cambios imperceptibles y mínimos en un principio, decantaban en un plazo de seis meses en la transformación radical del cuerpo de la persona. El truco de las certificaciones de Gen-Con había sido hacer las pruebas de sus modificaciones directamente sobre humanos.

El ascensor finalmente se detuvo en el piso 137. El anteúltimo piso de un edificio viejo construido en el año 2035, uno de los primeros en utilizar hormigón orgánico en la ciudad. Humberto y Paula bajaron del ascensor y caminaron por el pasillo cubierto de polvo y ceniceros de pie. Las paredes de hormigón tenían colgados algunos cuadros de la construcción del edificio y de antiguos miembros de la oficina.

Se detuvieron frente a la puerta con el número 507. Un cartel de bronce al lado de la misma tenía inscripto en bajo relieve “División de Crímenes Genéticos”. Humberto giró el picaporte, abrió la puerta y entraron.

–¿Hasta acá llegamos no? –preguntó Humberto a su jefa que tenía cara de preocupada.

–Antes de morir, Quispe me mandó las coordenadas del cuartel general y el nombre de la cabeza de la organización.

–Por lo menos no murió al pedo –dijo Humberto, como si eso sirviese de consuelo.

–Te esperan en cinco minutos en el laboratorio para que te sometas a todo el protocolo, sos la última chance que tenemos.

VIII

La lluvia mojaba todo. Si bien llovía casi todos los días, la intensidad era variable. Esa fue una noche en las cuales el agua parecía no terminarse nunca. Las gotas sonaban por todos lados. Humberto estaba en la puerta de un edificio que parecía una biblioteca abandonada, o un hospital, construido en el mil ochocientos por algún difunto funcionario público.

Buscó un timbre y no encontró nada. Golpeó tres veces con los puños la puerta, pero el sonido era seco, nadie prodría escucharlo. Cuando estuvo dispuesto a golpear la cuarta vez, la cerradura hizo un chasquido y la puerta a giró sobre sus goznes. Una voz que ocupaba todo el ambiente dijo “Pase”.

Humberto entró mientras la puerta aún terminaba de abrirse. Sacó su reluciente .38 . “Por las dudas” pensó.

Escuchó un leve zumbido. De pronto todo el salón estuvo lleno de abejas. Sintió terror, pero se quedó quieto. Una a una se posaron sobre él. Caminaban por sus brazos, piernas, torso y cara. Pronto se vió cubierto. Los nervios estaban por explotarle. Cuando estuvo al límite de su resistencia mental, las abejas se disiparon en apenas unos segundos. Desaparecieron sin dejar rastro.

Dio unos pasos más y lo único que tuvo frente a sí fue una inmensa escalera de mármol que conducía a un primer piso. Subió los escalones tratando de hacer el menor ruido posible. Cuando llegó al primer piso se dio cuenta de que era un lugar fuera de lo común. La habitación era inmensa. Debería tener cien metros de largo y unos cincuenta de ancho. El techo era un vasta cúpula de vidrio y hierro. El lugar era un invernadero gigante lleno de orquídeas.

El piso estaba cubierto por cantos rodados, que sólo había visto en alguna plaza cuando aún era muy pequeño. Una leve neblina cubría las plantas. El aire estaba saturado de humedad.

A unos diez metros de él y regando una planta con una regadera de hojalata estaba Fausto.

–Vení, pasá, no seas tímido. Te estaba esperando.

Humberto aún no podía salir de su asombro por dónde estaba. Sin dudar demasiado y con su arma apenas levantada se acercó a Fausto.

–Supongo que ya sabe para qué estoy acá –dijo Mamani.

–Yo sí, pero no creo que vos sepas por qué realmente estás acá –respondió Fausto sin que se le moviese un pelo.

–No se haga el vivo conmigo. Usted está detenido bajo sospecha de organizar una banda criminal y por manipulación prohibida de material genético.

–Sospecho que usted es un agente de Gen-Con.

–Sospecha bien, la fama de su inteligencia lo precede –dijo Humberto.

–No sólo la fama. Verá usted qué particular es la distinción entre la fama y la influencia –dijo Fausto en un tono perspicaz y burlón –Mientras la fama está relacionada con la exposición pública de una persona, la influencia en cambio se cuantifica por la cantidad de voluntades que esa persona puede hacer actuar para sus propios intereses.

–No vine aquí a recibir clases, Fausto.

Un rayo coronó la frase de Humberto, seguido al instante por un enorme trueno que hizo rugir al cielo.

–Sigo sin creer que usted sepa para que vino hasta acá, señor Mamani.

–Ponga las manos sobre la cabeza.

Fausto accedió sin ninguna queja. Se puso de frente al agente, dejó la regadera en el piso y se llevó las manos a la cabeza.

–A la primera que se haga el vivo, disparo –dijo Humberto, que no entendía lo fácil de haber detenido a Fausto.

Humberto dio varios pasos, mientras las piedritas bajo sus pies crujían. Eran el único sonido de todo el invernadero. Se acercó a Fausto, lo agarró de los brazos, lo dio vuelta y lo tiró de boca al piso mientras lo esposaba.

–Mire Humberto, usted está aquí porque así yo lo necesitaba, no llegó por sus propios medios.

Humberto lo miró fijo mientras lo levantaba.

–Verá usted, yo me tuve que agenciar que un tipo de sus características llegue hasta mí. Como sabrá usted ahora trabaja para mí.

Humberto se quedó quieto y apretó el .38 contra la médula espinal de Fausto.

–Una más que dices y te quemo –dijo Humberto, dispuesto a disparar si volvía a comerse un gaste.

–Es lo que intentaba comentarle con la diferencia entre fama e influencia que le mencioné poco antes –dijo Fausto. –Como verá la leve brisa que usted está respirando no tiene solo vapor de agua. Está rociado con una solución alcalina que inhibe el funcionamiento del bloqueador cerebral que usted lleva en su cerebro para protegerse de la influencia de la colmena y de su reina, que en este caso soy yo.

Humberto sintió un escalofrío por toda la columna.

–Ahora va a dejar el arma en el piso. Humberto intentó resistirse con toda su voluntad. Pero no pudo detener ni por un segundo su cuerpo que se agachaba para dejar el arma en el piso. Mientras pasaban los segundos sentía caerse en un profundo pozo sin fin. Sentía que había dejado su cuerpo hacía un segundo y ahora se alejaba hacia el centro de la tierra en un descenso infinito hacia el abismo.

Luego todo se puso negro y perdió toda noción de dónde estaba. Sin embargo, escuchaba una voz que hablaba y que ocupaba todo el espacio. Absolutamente todo.

–Como verá, es imposible resistirse. Las proteinas neuro-inhibidoras que le fueron suministradas para infiltrarse sin riesgos en la colmena fueron diseñadas por mí mismo mientras trabajé en Gen-Con. Me aseguré de programarle de tal forma que al entrar en contacto con una dosis particularmente alta de amonio junto a oxígeno, deje de funcionar.

Durante ese tiempo Humberto no percibió nada más que la voz de Fausto.

–Verá, el objetivo de la colmena es lograr la unificación mental de toda la raza humana, mediante la producción masiva y posterior ingesta del “honey”. Para eso necesitamos una estructura que sólo una multinacional como Gen-Con tiene disponible.

La lluvia seguía golpeando la cúpula de cristal, casi como una catarata. Humberto, inmóvil, no podía hacer otra cosa que escuchar.

–Para eso usted, Mamani, se hará cargo de la conducción de la colmena. Será la nueva reina y la cabeza de la organización. Pero para eso usted tendrá que matarme. Así que por favor agarre el arma. Cuando usted apriete el gatillo y acabe con mi vida, dentro de su cerebro se despertará un cúmulo de neuronas que está en estado latente en todos los miembros de la colmena, y sólo se activa cuando uno de ellos pasa por la experienca de matar una reina anterior –prosiguió Fausto. –De esta manera usted comenzará una serie de ascensos en Gen-Con, lo que nos garantizará el acceso irrestricto a sus intalaciones y podrá llevar nuestra misión más allá de las fronteras de esta decadente ciudad.

–De pié, mugriento-. dijo Fausto.

Humberto se paró. Sabía que ya nada dependía de sí mismo y que su conciencia individual era sólo un recuerdo borroso que se estaba perdiendo en la nada.

–Agarre su revólver y dispare. A partir de ahora todo queda en sus manos.

Humberto agarró el .38 que relució cuando un relámpago cruzó el cielo. Apretó el gatillo al mismo tiempo que un trueno rompía el silencio sepulcral. No escuchó el disparo. Sólo vio el cuerpo de Fausto desplomarse sobre los cantos rodados. Sintió que algo le dolía en el cerebro, como cuando uno come helado muy rápido.

De pronto pudo sentir todos y cada uno de los miembros de la colmena dentro de su mente.