A los 10 años tomé la primera comunión. Acorde a la fecha aproximada que dicta el manual de la familia católica. La comunión es el evento más importante de la vida del infante católico después del bautismo, porque marca la entrada del niño cristiano a la participación del ritual comunitario de la eucaristía. Para el catolicismo cada domingo, al final de la misa, Jesús vuelve a hacerse presente en la hostia, que mediante un ritual alquímico ejecutado por el sacerdote, deja de ser un cacho de pan y pasa a convertise en la sangre y el cuerpo de Jesús. Mediante este ritual, el sacrificio vicario del hijo de dios cobra actualidad y la salvación vuelve a hacerse presente en la comunidad cristiana. Si partimos de estos axiomas del Dogma católico, podemos deducir que el fiel creyente se morfa un cacho de Jesús. Que según el mismo Dogma es humano y dios en la misma proporción. Así la piedra fundamental del catolicismo es un ritual caníbal y teopófago en partes iguales.

Más allá de comerse a dios hay otras interesantes ventajas de tomar la comunión. Lo más lindo de este rito de iniciación es que uno recibe un montón de regalos. Entre todos los regalos que recibí había uno particular. Un amigo de mis viejos que estaba un toque pirado me regaló una medalla enorme, de oro, con un Jesus tallado en bajo relieve. Era una cosa espantosa.

Pero lo más lindo de la comunión vino después de la fiesta. Junté una buena cantidad de guita y me la patiné toda, absolutamente toda, en juguetes. Me compré un Robin turbo piola, un Lego-Tronic y un Tamagochi. Me acuerdo que mi vieja me decía que espere un poco que pase la emoción de tener tanta plata para comprar algo que necesite, pero era más fuerte la compulsión a gatillarme todo en juguetes, que intentar darle un uso racional a la guita. Nada más groso que la sensación de ser un poronga, tal que pudiese entrar a la juguetería y llevarme todo lo que quisiera. Porque eso era algo fuera de lo común. Mis viejos no estaban bien de guita en los noventa. Entonces los juguetes sólo aparecían en ocaciones especiales. Cumpleaños, Reyes, para de contar. El día del niño me regalaban libros. Una vez me regalaron un manual de antropología sobre el origen del ser humano. Llegué al CBC sabiendo desde los 9 años que Lucy era el primer ejemplar de Australopithecus Afarensis.

Pero dios todavía tenía una más para regalarme por mi comunión. Un milagro eucarístico más groso que la transubstanciación. Pará ¿No sabés lo que es la transubstanciación? Bueno, paso a explicarles. Cada X cantidad de años, el catolicismo organiza algo que se llama concilios. Es como una reunión de JEDIS dónde los obispos de todo el mundo se juntan a discutir los temas más importantes de la teología. A definir cuestiones candentes teológicamente hablando. Porque claro, a medida que pasaba el tiempo, las interpretaciones sobre que carajo significaba eso que escribieron los primeros discípulos, variaban. Entonces había que ponerse de acuerdo. El concilio de Trento fue el primer concilio después de la reforma protestante y ahí se saldaron un montón de conflictos teológicos que estaban pendientes hacía siglos. De paso se aprovechó y se trazó una línea que definió los dogmas católicos de los no católicos. Cristalizó el dogma. Uno de ellos es el de la transubstanciación. Este tópico se discutió en la iglesia varios siglos. No años, siglos.

Cuando empezó el concilio, en 1545, la filosofía aristotélica era el paradigma filosófico de occidente. El problema se definió en esos términos.

Vaticano II

¿Es la hostia el cuerpo de cristo en sentido figurado, espiritual o en sentido literal? Bueno para esto hay que entender la división que hace Aristóteles de la realidad entre substancia y accidente. La substantcia es el elemento fundamental y constitutivo de algo. Algo así como la escencia de la cosa. Los accidentes son las manifestaciones circunstanciales de eso, por ejemplo el tamaño, el color, la posición. El dogma de la transubstanciación afirma que en la misa, la hostia cambia de subtancia dejando de ser pan para convertirse en el cuerpo de Cristo.

Días después de mi atracón de juguetes me fui con mi vieja a caminar por la calle Cuenca, la calle principal de mi barrio, Villa del Parque. Que es algo así como la avenida principal de un balneario de la costa o de un pueblito del interior. Por alguna razón tenía encima la horrible medalla en el bolsillo. A la mitad del paseo pasamos por el frente de la galería que está entre nogoyá y melincué. La galería estaba llena de locales. Pero había uno que destacaba. Mucho. Vendía consolas, videojuegos y accesorios para SEGA. Ahí lo ví, en la vidriera. El Mortal Kombat III Ultimate. En el año 1997 no había nada, pero absolutamente nada más groso, mala onda, canchero y divertido que el Mortal Kombat 3. Era la panacea de las piñas, el gore y el amor. La diferencia entre la felicidad y la tristeza. La cúspide de la cultura pop de los años noventa. La cima de SEGA. El punto más alto jamás alcanzado por la humanidad en un videojuego.

Pero claro. El gordito rosáceo se había gastado toda la guita en el Tamagochi. EN EL TAMAGOCHI ¿Había una forma de ser más loser en la vida? No, no existía. Y ahí ocurrió el milagro. Adentro de la galería pero en el local enfrente del que vendía los jueguitos había un cartel. El cartel decía: COMPRO ORO.

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Por un segundo pensé que era una joda. Hasta que dije “Che pará, yo tengo una medalla de oro en el bolsillo”. Le muestro el cartel a mi vieja que me hizo la segunda de toque. Entramos. Nos atiende un runfla hermoso. Le paso la medalla. La pesa. La balanza marca tres gramos. Veinticinco pesos el gramo me dijo el tipo. Si veinticinco. El número de la alegría. El número que años más adelante sería la contraseña inequívoca para comprar faso. La cuenta fue re sencilla, tres por veinticinco igual setentaicinco. SETENTAICINCO PESOS EN EL AÑO 97. Pensá que un combo completo de Mc Dowels estaba algo así como cinco mangos. Osea que me acababa de ganar quince combos por darle a un desconocido una medalle horrible de Jesus. Mi fe no paraba de crecer.

Con la guita ardiéndome en la mano mano crucé al local de videojuegos. No dudé. Me compré el Mortal Kombat 3 Ultimate y me sobró plata suficiente, para comprar el Joystick de seis botones, esencial para poder jugarlo. Así nomás, así de simple, así de sencillo ya no necesitaba más pisar los fichines para ser feliz. Todo gracias a la religión y a tomar la comunión.

Así fue como una vez iniciado, hize mi propio rito de transubstanciación. Convertí a Jesus en el Mortal Kombat. Cambié al Apóstol Pedro por Skorpion. Al apóstol Pablo por Sub-Zero. A la virgen María por Cyrax. Creé mi propia mitología y fui feliz.

Gracias Jesus por coparte con la vagancia.