Por Sebastián Patricio Casas

Siempre que nos ponemos a hablar de un juego que nos ha dejado su marca lo hacemos con pasión futbolera. Pero pocos juegos nos han llevado de ser hinchas a ser jugadores.

Uno de los juegos más grandes a nivel vicio en mi secundaria –y seguro en la tuya- fue sin lugar a dudas la saga de Diablo (I & II); con una historia arriba de lo decente, música arriba de lo decente y una jugabilidad hermosa, hicieron que este juego sea el favorito de muchos durante mucho tiempo (sobre todo con la siempre abierta posibilidad de que haya una secuela). Durante un tiempo jugábamos Diablo I, corriendo de aquí para allá con Deckard Cain y nuestra posibilidad de rolear dentro de la vieja catedral de Tristán con tres posibles personajes: Rogue, Warrior y Sorcerer. Luego, gracias a la revolución que estaba desatándose en esos años gracias al internet, llegó lo que esperábamos todos… La secuela, Diablo II.