[Disclaimer: Este post tenía que ir acompañado de unas fotos analógicas que saqué durante este viaje. Pero puse mal el rollo y todas las fotos se fueron a la puta que lo parió.]

San Bernardo. Provincia de Buenos Aires. Orilla del atlántico sur.

El invierno potencia el efecto. La sal y el abandono aportan lo suyo. La ciudad parece sometida a un estado de decadencia permanente. Las partes más lindas son los barrios con eucaliptus y cotorras. Lejos del hormigón.

En el centro el hormigón están por todos lados. Nadie pensó en edificar acorde al contexto. Nada parecido a un paisaje “de playa”. Ganó un criterio más práctico. Moles de portland que contengan la mayor cantidad de departamentos en el menor espacio posible.

Algunos ni siquiera lograron tal objetivo. Quedaron por la mitad, sin terminar. Estructuras incompletas de concreto. Cicatrices de cemento en medio del paisaje costero.

El recuerdo de lo que fueron. Un mal negocio para un comprador, un proyecto abortado, una estafa. Algunas encuentran vida después de la muerte, como el caso de la mole de Beltrán y Gallo habitada por el churrero. Dicen que el susodicho había puesto todos sus ahorros en un departamento comprado desde el pozo. La irrupción de la obra lo dejó en pampa y la vía.

El tipo, sin opción, ocupó el esqueleto e improvisó con unas chapas un cerco en la planta baja. Habitó luego el primer piso junto a su perro.

Todas estas estructuras, derruidas por la sal y el abandono, decoran el paisaje tan característico de la costa bonaerense. Las moles detienen su marcha sobre la avenida costanera. De la otra mano, los médanos. La sombra que proyectan sobre la playa es la causa de que las horas de luz solar directa en San Bernardo sea la más baja de la costa.

El cemento, el concreto, el hormigón, tapa el sol.

La costa atlántica en invierno. Nuestro pequeño Chernobyl.