Una colección de párrafos inconexos sobre la nueva obra de Villeneuve.

El director

La primera diferencia que encuentro entre Blade Runner 2049 y la original es la impronta estética del nuevo director sobre el universo narrativo. Mientras que para Scott el futuro transcurre en metrópolis saturadas de gente, publicidad y artefactos, para el nuevo director priman los paisajes desérticos. El futuro es un desierto. Esto se conecta con la película anterior del mismo director Sicario que transcurre en la frontera entre Tijuana y Nuevo México; y  con Mad Max: Fury Road que nos propone este espacio simbólico como nicho de la humanidad del futuro. Se podría hacer una lectura simbólica del tema rastreando el origen bíblico del significado del desierto, pero no lo voy a hacer en esta ocasión. Más bien lo resumo en una cita del filósofo norteamericano W.O.Quine: “Those with a taste for desert landscapes”. Otra de las continuidades entre Sicario y Blade Runner es que las dos películas arrancan con un incidente muy similar: el hallazgo de un cuerpo.

El mejor momento de la película, a mi entender, por la potencia dramática y el despliegue visual es cuando aparece Harrison Ford en ese increíble escenario de Las Vegas desértico y abandonado. Las Vegas en la cultura norteamericana es una especie de refugio de estrellas cuya carrera está en ocaso. Desde Elvis hasta Britney Spears, una vez que sus carreras se agotan en el mainstream, firman un importante contrato para volverse la atracción de varieté de algún casino. Esto los mantiene económicamente vivos pero artísticamente irrelevantes. En ese sentido la elección del director de poner ahí a Harrison Ford es un interesante guiño. Es una especie de museo de estrellas. De toda esa secuencia destaco la tensión dramática, muy bien llevada, y las escenas de acción (tiros, patadas, piñas) que rompe cierta monotonía del relato a la vez que los cuerpos de los protagonistas.

El mayor acierto del director es que la película utiliza el dispositivo cinematográfico por excelencia: el suspense. Tanto la acción, como la narrativa y el diseño de sonido trabajan en sintonía para profundizar este sentimiento. La película avanza y con ella aumenta la tensión el espectador. Quién logra esto, podemos decir, está haciendo cine.

El futuro

Me causó cierta decepción en cuanto a aspectos estéticos del futuro. Es todo muy minimalista y ordenado. El futuro luce demasiado limpio. Además no hay un sólo personaje que no sea heterosexual. Es raro pensar en un futuro completamente heterosexual.

No es una objeción sobre falta de representación de las minorías en el futuro ni acusar al director de machista. Pero es poco verosímil la idea de un futuro donde no haya personales gay, bisexuales, trans, asexuales o no-binarios. Si estos temas ya son parte de la discusión de nuestra actualidad, dado que hay un montón de personas que se identifican bajo estas categorías, es muy difícil pensar un futuro que sea full hetero. Pese a que las últimas películas de las hermanas Wachowski fueron horribles, en Cloud Atlas dieron un paso enorme en utiliza varios personajes transgénero para contar sus historias.

Pensemos por un segundo el siguiente escenario. Supongamos que la biología logra decodificar el genoma humano y configurarlo a gusto en los seres humanos. Sospecho que en un escenario así el cambio de sexo sería uno de los primeros usos de esta tecnología.

A mi entender todo el problema social que algo así generaría es más cyberpunk que cualquier exploración de fusión hombre-máquina. En este sentido, Blade Runner 2049 continúa el marco cultural de la primer Blade Runner original y eso atrasa un poco.

Jared Leto

El punto más flojo de la película es Jared Leto. No cumple bien con el rol de antagonista.

Creo que el fallo se da por cómo está construído el personaje. Leto es el gran arquitecto de esta nueva generación de replicantes. Es el gran diseñador detrás de todo. El edificio desde donde dirige su compañía es una gran pirámide. Si sumamos todos estos elementos Leto vendría a ser la personificación de un gran faraón. Un dios encarnado. De ahí que sus asuntos lo solucionen sus servidores más nunca él mismo. Es el gran dios encarnado que no se mezcla en los asuntos humanos. O los roza. En ese sentido hubiese preferido un giro iconoclasta y que alguno de los protagonistas se tome el atrevimiento de “matar a dios”.

La filosofía

La película está centrada en la misma pregunta que su antecesora y en la lectura original de Ridley Scott sobre el problema que plantea Philip K. Dick en el cuento que inspiró la película. El problema de cómo distinguir copia de original, humano de replicante. Este problema se remonta el un texto seminal del campo de la inteligencia artificial escrito por el célebre Alan Turing dónde se pregunta “Can machines think?”.  Turing propone un experimento mental. Imaginemos tres habitaciones separadas. En una hay un humano, en otra una máquina y en la tercera un árbitro humano. El árbitro puede hacer cualquier tipo de pregunta a los participantes. En el caso que pueda distinguir cuál es humano y cuál es una máquina, entonces la máquina superó el test.

El punto de la cuestión está en la definición de la palabra “pensar”. Definiciones estrechas de “pensar” (como la de Turing, por ejemplo) tienden a considerar que no es una función meramente humana. Definiciones más amplias (que incluyen sentimientos y cosas como “experimentar plenitud al escuchar la 9º sinfonía de beethoven”) concluyen que es una actividad exclusivamente humana e irrepetible.

Philip Dick utiliza la misma idea de test de competencia lingüística para que el protagonista Deckard distinga y “retire” a los replicantes. La clave para distinguir humanos de androides era emocional, los robots carecían de empatía por las mascotas. En un mundo devastado por la guerra nuclear, las mascotas reales era un lujo y tenerlas un sinónimo de ascenso social. La incomprensión de esta dinámica social era la clave para diferenciarlos de los humanos.  

La película de Ridley Scott se convierte en una obra de culto porque populariza la idea de que la línea entre humanos y sus parientes sintéticos es tan fina que nadie puede distinguir que los diferencia. Por lo tanto, el propio protagonista (y con él el espectador) entran en crisis acerca de su propia identidad.

En cambio en Blade Runner 2049 este problema está resuelto. El test se reduce a un análisis de retina sin posibilidad de error.

La película da su primer vuelco cuando el protagonista descubre la posibilidad de que dos replicantes se reproduzcan. Entra así en el terreno del Dr. Malcolm de Jurassic Park y su mítica frase “Life finds a Way”. El eje filosófico de la pregunta entonces se corre al de determinismo-libre albedrío. Aunque en un principio esta puede parecer una pregunta diferente a la de la primera entrega, en realidad parece ser muy parecida. En Blade Runner original los androides que se enteraban de que estaban fabricados para vivir sólo un par de años, se revelaban para poder vivir la mayor cantidad de cosas en el menor tiempo posible. Una versión distópica del “live fast die young”.

En esta segunda entrega aunque la resolución del problema es diferente, en definitiva el problema es el mismo. Cómo es posible superar las restricciones de diseño. En ese sentido Blade Runner 2049 es una nueva respuesta a la misma pregunta.