La semana pasada, entré por primera vez en mi vida al Congreso Nacional. El lugar es realmente acojonante. La arquitectura es muestra de una época que ya no está. De lo poco que llegué a ver los vitrales de los techos y las arañas que iluminan los salones me impresionaron. El trabajo manual que cada uno de ellos exhibe, en tiempos dónde se valora el “minimalismo” (que sea todo igual), es un estridente grito barroco de identidad. Exuberante y desmedida, como cualquier identidad.

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